Mis molestias 1

Nuevamente el maldito dolor que está quemando mi garganta. Tampoco resisto el estómago; soy un desastre.

Hace cosa de dos años fui presentado a la escuela. Era entonces el flamante profesor de quinto grado. Como a casi todos los maestros, esta vez me ha tocado repetir con mi grupo en el sexto año. A pesar de que me entrego por completo a mi trabajo con los niños (casi jóvenes) creo que no soy el mismo de antaño: mi voz ha perdido el tono de entonces. Todas las tardes, al llegar a casa tengo que hacer la rutina indicada por el médico: gárgaras con carbonato para abrir la garganta; descanso para que estas condenadas úlceras que han aparecido contengan el dolor y pueda comenzar de nuevo al otro día.

A veces he llegado a pensar que soy ese tipo de sujeto que todo le va mal en la vida. Me asignaron la escuela de turno matutino que está lejos de mi casa; no siento apoyo de nadie; tengo el grupo más complicado y por si fuera poco ahora soy el responsable de hacer de mis alumnos, los mejores candidatos para el nivel que sigue. No sé, siento que algo anda mal; que ya no tengo la fuerza para seguir, a pesar de que no soy un viejo.

Sin embargo, han sido muchos años: ya no puedo saltar como antes; correr con mis alumnos o integrarme a la cascarita de fútbol con ellos. Me gustaría estar en otro lado que no fuera como maestro de niños.

Bueno, basta de quejas. Hay que levantarse para ir a la escuela. Hoy tenemos junta de Consejo Técnico. Ojalá que en esta ocasión no se repita la escena desagradable de las otras. La verdad que no sé por qué tanta queja. Tal vez me estoy volviendo un viejo gruñón que ya no encuentra un lugar agradable en este mundo.

Como todas las mañanas, me encuentro solo. Mi esposa apenas me avisa cuando sale de la casa para ir a su propio trabajo. Ella es la que se encarga de llevara a nuestro hijo a la guardería. ¡lo que tiene uno que ver en estos tiempos! La verdad que yo no sé qué tipo de familia somos si únicamente nos vemos los fines de semana y a veces sólo para pelear.

Son las siete de la mañana; apenas tengo tiempo para llegar a la escuela. Esta maldita rutina que ya me tiene harto. El microbús, los empellones de los pasajeros. Eso cuando bien me va. Cuando no, he tenido que ir colgado de la puerta a riesgo de que en una de esas caiga al pavimento y se acabó todo.

Siempre salgo de casa con ese temor. Recuerdo cuando aún era muy joven y me colgué de uno de esas láminas de la muerte que en este país llamamos “chimecos” o “guajoloteros”. Camiones grandes que fueron hechos para transitar por caminos difíciles. Bueno la colonia donde viví lo ameritaba. La llamada zona conurbada a la ciudad creció sin mayor planificación. Ahí pasé gran parte de mi niñez y juventud.

La cosa es que en aquella ocasión el chimeco iba –como decimos los mexicanos- a reventar. Tenía que abordarlo porque para esos momentos el transporte sólo pasaba por horarios. Si no me subía iba a llegar tarde. Sabedores de la necesidad de los pasajeros, quienes conducían esas láminas de la muerte, subían a todo cuanto encontraban a su paso. Literalmente llevaban a la gente encima, dentro, colgados en las puertas y a veces en las ventanillas. Fue lamentable para muchos de nosotros haber nacido en esos lugares.

Ante tales circunstancias, encontré un lugar en la puerta trasera. Pero delante de mí, se había colocado una persona a la cual tenía que llevar abrazada con tal de alcanzar un tubo desde el cual yo me sostenía. Esta persona, que no era nada delgada ni agradable, de seguro estaba lo suficientemente cómoda. Yo por mi parte, comencé a cansarme en esa posición. La gente no se recorría hacia el interior del camión y muy por el contrario, seguían colgándose en cualquier lugarcito que encontraban. Comencé a sudar por el esfuerzo y mis manos poco a poco se estaban deslizando de aquel tubo del cual me sostuve durante algún tiempo. Sentí que eso era el último esfuerzo y que iba a caer. Seguramente la cara que estaba poniendo alertó a los pasajeros que estaban dentro y uno de ellos se dio cuenta que mi esfuerzo había llegado a su límite.

¡Jala al muchacho! – dijo uno de ellos. Sentí que dos manos tomaron de manera violenta mi chamarra. Fue cuando de plano me solté del tubo que me sostenía. Cerré los ojos y me quedé mudo.

No supe cuanto tiempo pasó, pero sólo fueron segundos. A mí me parecieron horas. El gordo que estaba frente a mí, finalmente se recorrió ante la insistencia de los dos que me ayudaron y pude colocarme en una posición más segura. Estaba exhausto y los que me ayudaron, un poco enojados y con gran susto, me dijeron: ¡cabrón chamaco, por poco te la partes, no te andes colgando así!

Asumí su regaño como si hubiese sido una bendición. Aquella ocasión puse cara de tonto y nunca más lo volví a hacer. Sin embargo, hay que decir que no tenía las obligaciones que ahora tengo. La escena –aunque de otro modo-, he tenido que repetirla ahora en los microbuses. Si llego tarde a la escuela, tengo que arreglármelas con la gente que me encuentro en el camino. Para ellos la hora de llegada son las ocho y no las ocho y diez. Ahora los padres de los niños, exigen del mismo modo que la escuela le exige a sus hijos. Creo que en cierto modo tienen razón. Las reglas de la escuela se han extendido a los maestros también y a veces me he quedado pensando sobre el sentido de todo esto. Ahora la normas nos controlan y disciplinan a todos por igual.

Las ocho de la mañana, ¡justo a tiempo!

Rosita, buenos días.

Buenos días maestro, me contestó con ese gesto amable que caracterizaba a la secretaria de la escuela. Era linda de verdad. Una mujer como de veinticinco años, soltera que, con sólo verla caminar valía la pena el día. Su cabello rubio hacía el perfecto juego con la piel blanca y lisa de su cara. Tenía una sonrisa de color carmín que desarmaba fácilmente cualquier cara enojada que se encontrara a su paso, sobre todo si era masculina.

Rosita era una de esas personas que hoy es raro encontrar. Bonita y amable; segura de sí misma y con una voz tan potente, que varias ocasiones me pregunté por qué ella no estaba en grupo. Era el prototipo de persona que debe dedicarse a la docencia, pero de algún modo la vida se había encargado de colocarla en ese sitio que a mí, francamente me parecía un desperdicio de sus capacidades. Siempre tenía un detalle para los maestros; los niños de la escuela le hacían rueda cada vez que podían y por supuesto era una de los objetos de la envidia permanente de las compañeras maestras de la escuela. En fin, esa era Rosita.

Como todas las mañanas, comencé por revisar el plan del día. Tocaba el turno al tema de razones y proporciones en matemáticas. Aunque valía de muy poco para mis compañeros tener una programación de actividades, yo siempre procuraba apegarme al diseño que a principio de año nos solicitaban a todos. No me parecía correcto ocupar mi tiempo en estar pensando los problemas, las estrategias, acciones, operaciones y tiempos de realización de cada cosa, como para que al final, hacer todo en forma desordenada.

Esto que conocimos como el plan anual de trabajo, se ha convertido literalmente en un rompecabezas para muchos de mis compañeros; bueno compañeras ya que en la escuela de turno matutino en donde me encontraba trabajando, yo era el único varón de la plantilla de profesores. Tal vez mi obsesión por el rigor, me había convertido en un animal raro entre mis compañeras. Hasta donde supe, yo era el único que trataba de seguir a pie juntillas lo que había programado. La escuela y todo lo que sucedía en su interior no se distinguía por el orden y sistematicidad de sus planes. Siempre algo echaba a perder lo que se había dicho antes. Era como una perversión: se exigía el plan, pero nadie lo seguía. Parecía como si la escuela fuera por un lado y la realidad por otro. No sé si el único que sentía un profundo malestar por estas situaciones era solamente yo, pero así era. Todas estas cosas había que padecerlas solo. Creo que ahí comencé a cansarme de la situación.

Aquella ocasión en que las razones y proporciones se convirtieron en objeto de la clase, también fue un parteaguas en mi vida. Nunca como entonces tuve la necesidad de problematizarme sobre la importancia de lo que estaba haciendo. Me sentí tan mal que estuve tentado a aventar todo al aire y salir de la escuela corriendo sin dar explicación alguna a nadie. Yo que me esforzaba por hacerme entender sobre los temas que al menos a mí me parecían realmente importantes, ahora no encontraba la razón de seguir ahí. Me di cuenta de pronto que la atención de mis alumnos se había situado en otro lado; que las matemáticas habían pasado a un lugar secundario en sus intereses y eso me dejó sumamente preocupado o yo no sé si molesto. Nunca como esta vez me vi en la necesidad de hablar con alguien sobre esto que estaba percibiendo como un problema. Pero al final, estaba solo.

Hice todo lo posible –y quizá hasta lo imposible- porque mis niños aprendieran razones y proporciones, pero era inútil. No hay nada más desagradable para un docente que explicar algo y que los alumnos lo tiren de loco; que lo dejen hablar y hablar hasta que se canse. Cuando al final se pregunta si se ha comprendido y uno escucha una respuesta afirmativa, pero falsa, el suicidio es lo único que queda.

Cuando me sucedió esto decidí proceder con calma. No iba a suicidarme, al menos no por ahora. A pesar de que me sentí sumamente frustrado (porque me consideraba un excelente profesor), estaba dispuesto a buscar respuestas a lo sucedido en aquella clase de matemáticas. Había ingredientes que no habían logrado mezclarse adecuadamente como en otras ocasiones. De hecho creo que el problema ya había aparecido en momentos anteriores pero ahora se manifestaban con mayor intensidad.

Comencé por la revisión del plan. Todo estaba en orden; la perfección de las estrategias y las acciones planteadas en él, parecían no ser el problema....

Pánico en el Quinto B

Juan Ramírez Carbajal

Aunque por ser maestro debiera contar una experiencia educativa, esta vez creo que debo sacar el miedo que aún siento. Cada vez que vuelvo a la escena se me enchina el cuero y mi cuerpo comienza a temblar. Alan Poe se reiría de lo que voy a comentar, pero para mí esto ha sido una experiencia que marcó no sólo mi vida escolar sino la vida personal.

Nada tiene que ver en lo sucedido los niños, los libros, la didáctica o los contenidos pedagógicos. De hecho nada de esto estaba presente esa noche de luna. Una noche fría que se había adelantado al invierno.

Todos los maestros estábamos preparando lo necesario para comenzar lo que serían las vacaciones de diciembre. Era la última semana de asistencia a clases y ese viernes de Consejo, nos pusimos de acuerdo para dejar todo en orden. Algunos obviamente no compartían la decisión y se fueron escabuyendo para que los más hacendosos hicieran su parte. Realmente a mí no me molestaba hacer lo que habíamos convenido entre todos en esa junta. Finalmente pensé que debíamos hacernos responsables de nuestros propios modos de encarar la vida.

Así se me fue la tarde y cuando menos sentí, era yo el último en la escuela: el director nos dijo que tenía otra reunión en la supervisión; las maestras tenían que ir por sus hijos, porque la escuela a la que asistían cerraría temprano por ser el último día de labores. Sólo el conserje quedó dentro del plantel, pero se retiró temprano, porque en ese momento iban a televisar nuevamente el partido de fútbol donde su equipo favorito se había coronado campeón del torneo nacional.

Asumí que las cosas son así porque la gente así las dispone y que uno tiene que hacer lo que realmente le haga sentirse bien. Aún me faltaba acomodar algunas butacas viejas en el almacén y como no tenía forma de llevarlas juntas porque no las aguantaba, comencé por la primera de aquellas tres que se quedaron en la recepción de la escuela.

Me cargué al hombro la primera butaca y enfilé hacia el lado opuesto de la dirección, sitio donde se ubica el almacén. Eran ya las siete de la tarde y en este mes los días son más cortos de lo acostumbrado. No quería tropezar con nada y decidí encender un viejo foco que tenía por función alumbrar todo el patio de la escuela. La penumbra era mucho más intensa que la pálida luz despedida por esta lámpara. De hecho, sólo las sombras que se reflejaban con las cosas me indicaban su sitio y de esa forma no chocaba con ellas.

No sé por qué en esa ocasión la obscuridad me dio más miedo de lo habitual. Por un momento supuse que no era el único que estaba pensando atravesar el patio, porque las sombras parecían tener vida; se organizaban y conformaban un panorama realmente aterrador. Algo de cierto había en mis presentimientos, porque el ruido que hacía el suave pero frío viento al chocar con unas láminas metálicas haciéndolas sonar unas con otras, le daba más espacio a mi incertidumbre.

Me enfilé decidido y caminé los primeros metros. De pronto una sombra se movió más rápidamente que las otras. Algo estaba ahí; a unos metros de mí pude percibir dos ojillos de color rojizo que me miraban fijamente. Creí que todo era producto del miedo que sentía ante la soledad el frío y lo oscuro de la noche. A pesar de que el foco en el patio daba algo de luminosidad, pronto se fue confundiendo con la blancura espesa de esa luna espléndida que aparecía en el oriente. Incluso pensé que al intersectarse ambas formas de iluminación me estaban impidiendo la visibilidad en lugar de mejorarla.

Decidido continué mi camino, pero sin quitar la vista de esas dos lucecillas rojizas que se dejaban ver debajo de una pequeña banqueta sobre la que se levantaba el muro del salón de quinto año B. Pensé que por ser una forma de refracción de la luz, se me perderían en la medida en que avanzaba hacia el lado opuesto de ellas, pero no fue así. Me di valor y seguí caminando con mi butaca a cuestas, pero esas insistentes lucecillas rojas me seguían. No podía distinguir qué era lo que provocaba que esas cosas se encendieran con tanta intensidad. Yo creo que fue la luz del foco lo que hacía su brillo, porque de haber sido la luna, habría distinguido el cuerpo que la provocaba. Y es que el foco, ubicado al poniente del patio no me dejaba ver lo que estaba bajo esa banqueta del quinto B.

El sólo recordarlo hace que vuelva ese sudor frío a mi cuerpo. Es como saber que se puede aparecer nuevamente por dondequiera que volteara. Por fin, quedé como a tres metros de aquel objeto centelleante. Sudaba frío y un calor indescriptible me recorría todo el cuerpo. No sé si por curiosidad o por miedo, bajé la butaca un momento y colocándome en cuclillas quise ver qué es lo que insistentemente reflejaba aquella luz. Mi miedo fue más grande y tomando la butaca sin cuidado alguno, a veces arrastrando y otras cargándola, me retiré del lugar. Casi corriendo llegué al almacén y aventé el mueble sin el mayor cuidado. Entrecerré la puerta del almacén y me dispuse al regreso para llevar otra butaca. Esta vez mi paso fue rápido; casi de trote. No quería dejarle ninguna oportunidad a los ojillos para que me tomara por la espalda.

Ahora ya sin estorbos en las manos, nuevamente me puse en cuclillas y miré debajo de la banqueta poniendo de por medio algo así como tres metros. Estaba decidido a investigar lo que había ahí. Bastaron dos o tres segundos para que los ojillos dieran un parpadeo desafiante. Luego, un chillido que terminó por hacer más grande mi miedo. Era una enorme rata.

El primer acto intimidatorio que me enviaba fue enseñarme dos largos y afiliados dientes frontales. Me erguí pero no podía moverme. Sentí que en cualquier momento la cosa esa se me lanzaría encima ante el menor movimiento. Moví mis ojos tratando de buscar algo que hiciera de arma frente a la bestia, pero yo sabía que cualquier movimiento de cualquier parte de mi cuerpo, sería suficiente señal para que el enorme animal me atacara. Me quedé quieto y el roedor blandía cada vez más furioso sus dientes; movía la cabeza de un lado a otro y cerrando los ojos, me advertía que estaba verdaderamente decidido a morderme. Un largo suspiro salió de mi garganta como tratando de calmarme. Yo mismo me trataba de decir que la inteligencia humana tenía que sobreponerse al instinto bestial. Lo único que se ocurrió en el momento de mayor temor, fue correr. Y así lo hice.

Sabedor de lo que estaba tramando, el animal se dispuso a atacarme. Comencé mi frenética carrera. Obviamente la bestia corrió tras de mi. Durante los primeros pasos, en el arranque, voltee para cerciorarme de que efectivamente estaba a salvo corriendo, pero no era tan así. Sin embargo el pesado cuerpo del animal le impedía darme alcance.

Jadeante abrí como pude la puerta de la oficina de la dirección. Estaba verdaderamente asustado y no deseaba saber qué había pasado con mi agresor. ¡Pero tenía que salir de ahí! No podía quedarme toda la noche. El corazón se me salía del pecho y mi respiración jadeante se confundía con el ruido de los motores de los automóviles que pasaban fuera de la escuela. De vez en cuando escuché al conserje gritando consignas a su equipo. A pesar de que sabía que era un programa diferido y que todo ya había acontecido, incansablemente les gritaba como si en ese momento el partido estuviera en su éxtasis. ¡Tírale cabrón! ; uuuuhhhhh!!!! , gol....gol....gool.....ahhhhhh!!!!! era todo lo que escuchaba de él. Era inútil que acudiera a mi auxilio.

La puerta de la oficina era la única salida. El portón principal de escapatoria estaba como a veinte metros de mí, suficientes para sufrir las consecuencias de ser visto por la bestia. Tampoco era buena idea salir por la ventana ya que el viejo –el director- sólo iba a esperar un pequeño desperfecto de su horrible lugar para acusarme de ladrón o algo parecido. Tenía que romper uno de sus vidrios para salir y aunque así fuera, eran demasiado estrechos para que mi gordo cuerpo cupiera por ellos. Situados a dos metros de altura hacían imposible mi escapatoria. . No tenía otro remedio que salir por la puerta de la oficina

Superando momentáneamente mi miedo, abrí discretamente la cortina de la puerta. Nunca maldecí con tanto coraje el decorado de la escuela como en ese momento. La puerta de la dirección estaba llena de barrotes. Desgraciado viejo, pensé. Ojalá que cuando los padres de familia se den cuenta lo que hace con el dinero de la cooperativa, se lleve sus barrotes con él. Creo que se sentirá como en casa si lo meten a la cárcel. Entonces me di cuenta que desde esta puerta se ve todo lo que sucede en los salones de clase, en el patio, en la conserjería, incluso en las bardas de la escuela. Todo lo tiene controlado; hasta el más mínimo detalle, nada escapa a su dominio.

Recapacité entonces sobre lo que yo quería ver en ese momento. No había nada a la vista. El patio estaba vacío, pero podía casi sentir la mirada de la enorme rata sobre mis movimientos. Entonces, voltee a mi alrededor y busqué una arma. No había nada más que el viejo material didáctico para geometría. Todo de madera. Yo mismo me habría reído de alguien que quisiera pegarme con un transportador o una escuadra apolillados. El metro no era buena idea porque sentí que al blandirlo por primera vez, iba a partirse en pedazos. Comencé a buscar debajo de una vitrina y nada. Por fin, al pasar por el escritorio vi que un trozo de madera más o menos grueso estaba debajo del escritorio. El viejo se protegía del frío que le provocaban reumas poniendo los pies sobre la madera.

Armado con el madero como de sesenta centímetros de largo, me dispuse a salir y encontrarme con mi oponente. Yo sabía que no había huido. Él era quien más interés tenía en agredirme. Lentamente abrí la puerta y sacando la cabeza miré a mi alrededor; por todas las orillas de las paredes donde se juntan con el piso. No había nada.

Arma en mano llegué al quinto B. Los ojillos no estaban o estaban cerrados. Miré para todas partes mientras mi respiración daba cuenta del miedo que sentía. Creo que eso me delataba frente a mi adversario y le daba mayor seguridad para el ataque. No sé por qué, sentí que el frío me taladraba la espalda de una forma diferente a las otras partes del cuerpo. Al voltear me di cuenta que ahí estaba. Ahora podía verlo cual grande era. La luz de la luna lo convertía en algo todavía mas horroroso. O quizá fue el miedo que sentía lo que agrandó su figura.

Lentamente voltee y de nuevo la criatura me mostró los dientes afilados y largos. Levanté mi mano armada y el animal pudo percibir mis intenciones. Creo que tenía claro que debía desarmarme antes de intentar otra cosa. Su inteligencia diabólica me confundía cada vez más. Maldiciéndolo, me abalancé sobre él. Corriendo hacia la oficina y sabedor de que lo tenía a tiro lancé el palo con todas mis fuerzas. Una serie de rebotes en el piso me hicieron ver que no había dado en el blanco. Finalmente se fue a estrellar a la puerta de la dirección. Al ver esto, el animal detuvo su huída, se levantó sobre las patas traseras y lanzando un chillido todavía más espeluznante, corrió hacia mí. Dando media vuelta, me fui directo al almacén. Quizá el miedo a ser mordido fue lo que me hizo correr con tanta velocidad que ni un perro me hubiera alcanzado.

Antes de llegar al almacén pude ver un cacho de tabique en mi camino. Nunca hubiera sentido tanta alegría de encontrarme con un pedazo de escombro con en esa ocasión. Sabiendo que me seguía, lo levanté y me di media vuelta. Corrí tras la bestia quien hábilmente se sintió nuevamente en desventaja. No le dio tiempo de meterse en su guarida del quinto B y se metió bajo una enredadera de hiedra que había invadido el piso del salón contiguo. No era un buen escondite para ella. Casi puedo adivinar que se dejaba mirar su pelambre con su enorme y rapada cola saliendo de las hojas de la hiedra.

No estaba seguro de que debía arremeter ahora contra ella. Estoy seguro que me mira; está midiendo mis movimientos. Pensé seriamente en varias posibilidades: si fallo el tiro me tendrá a su merced y esta vez puede ser que no alcance a escapar de sus mordidas. Creo que sintió mi indecisión y quiso escapar a su guarida del quinto B, que había quedado unos metros antes. Le cerré el paso: me puse entre ella y su guarida. En su loca carrera no pudo tomar la dirección correcta y no le quedó otra que los arbustos. Ahí estábamos los dos; rediseñando cada uno la estrategia a seguir.

Finalmente y sin perderla de vista, me fui hacia la dirección donde había quedado el palo que tiré contra el animal en la primera vez. No se movió y tuve la sensación de que ella supuso que no la había visto en dónde se escondía. Tuve que pensarlo de nuevo: el miedo que me invadía era realmente grande. Tomé aire y decidido, levanté el palo. Con la otra mano el cacho de tabique. Decidí continuar el duelo entre la enorme rata y yo.

Regresé al lugar donde la había dejado por última vez. Se dio cuenta de que no me había engañado. Al acercarme, se dio vuelta dejó ver sus enfurecidos ojos rojos; blandió los dientes afilados y chillando en tono de ataque se dirigió ahora lentamente hacia mí. Sabía que era la batalla final. Yo tampoco tenía otra salida. Enfrentaría a la bestia del quinto B por última ocasión. De un movimiento en semicírculo, la rata se me fue encima. Le lancé el palo, pero para evitar que rebotara sin pegarle, lo hice tomándolo paralelo al piso. El impacto se produjo. El golpe fue certero, pero no suficiente. Una de sus patas traseras estaba rota. Arrastrándola lastimosamente quiso continuar la batalla. Me quedé impávido de saber que no había logrado vencerla con ese golpe. Me quedé quieto y me pasé el cacho de tabique a la mano derecha, esperando no fallar en la segunda ocasión. No había más, ni para el horrible animal, ni para mí. Me tenía muy cerca y tenía también grandes posibilidades de morderme. Yo tenía demasiado miedo como para asegurar que le ganaría esta batalla.

Fueron unos segundos, pero parecieron años. Ambos tuvimos que medir las consecuencias de la estrategia tomada. Creo haber ganado el duelo de miradas. Lentamente volteó para su guarida y de modo súbito corrió con las tres patas arrastrando la cuarta. La seguí con el tabique en mano y al acosada dio media vuelta y me enfrentó de nuevo. El pánico que sentí me hizo soltar el tabique de cualquier forma; se lo tiré encima pero fallé. Un chillido largo, entre lastimero y de coraje inundó el ambiente. Estaba desarmado y ella lo sabía. Di pasos hacia atrás y al hacerlo tan torpemente perdí el equilibrio...me caí. Con las codos colocados en el suelo y apoyado en los talones de mis pies, me desplazaba muy lento. La tenía muy cerca. Caminamos así unos dos metros. Sudaba intensamente de miedo y cansancio ya que me ayudaba con las manos para alejarme de ella... ¡me tenía a su disposición!.

Entonces, cuando estuvo a escasos centímetros de mis brazos, inexplicablemente dio la vuelta y se fue.

No pude levantarme. Sólo la miré en esa horrorosa estampa que dejaba la pata trasera colgando. De vez en vez volteaba su cabeza para mirarme hasta que llegó a las hiedras. Ahí la perdí de vista.

Jadeando de miedo y coraje a la vez me levanté. Con lágrimas en mis ojos, provocadas no sé por qué sentimiento, me fui hasta la puerta de la oficina. Me senté en una de las butacas que faltaban de llevar al almacén. Recargado sobre la paleta, escondí mi cara entre las manos y me quedé no sé por cuanto tiempo.

Después de la calma aparente, decidí que no haría más. Me largaría a mi casa y no querría saber nada más del tema escolar. Entonces el viento comenzó a soplar como al principio; las láminas sueltas pegaban unas con otras. Oh dios, me sentí nuevamente vigilado y tuve mucho miedo de mirar a mi alrededor para saber lo que había.

Sin levantar la cara seguí ahí. De pronto sentí que algo hurgaba mi cabello y un escalofrío espantoso me recorrió de nuevo....dios qué es –pensé-.

Bruscamente me levanté e intenté quitarme lo que estaba en mi cabello. Con un grito de terror y con la mirada ensombrecida por el llanto me la quite de encima. Era la mano del conserje. Sólo pude abrazarlo de felicidad al ver que no era lo que yo creía. El buen hombre me llevó hasta su morada y me decía que le pareció completamente extraño haberme encontrado a esa hora. Le comenté lo sucedido. Amablemente pidió un taxi que abordé a la puerta de la escuela y me fui a mi casa.
Han pasado las vacaciones y llevo tres días de clases. Soy el maestro de quinto año grupo B. Ayer finalmente vencí el miedo y miré aquel lugar donde se había refugiado mi enemigo. Abrí la hojarasca y me encontré con el cuerpo agusanado de una enorme rata cuya pata trasera daba muestras de haber recibido un golpe que la rompió. Y entonces me di cuenta que yo había ganado la batalla.

Invierno de 2004

¿Y la pedagogía?

Miguel Ramírez Carbajal
Marzo de 2004

Mi nombre es Miguel. Aquí un modesto comentario para el Seminario de Investigadores.

Durkheim tenía razón cuando afirma que la educación es la acción socializadora que se ejerce de la generación adulta sobre la generación joven (palabras más, palabras menos).

La generación de mis padres, la mía y la de mis hijos se diferencian en sus valores. Todavía algunos recordamos la jerarquía que se tenía de las figuras del maestro, el médico y el cura.

Hoy vemos cómo estas figuras se desvanecen y no es un problema total de la educación, sino de un contexto social. Antes los niños problema venían de familias problema. Hoy no sabemos con precisión de donde vienen. Campean las palabras obscenas desde los primeros años, la pornografía como tal y las drogas están al alcance de los menores, contemplamos, en nuestras calles violencia adulta e infantil inaudita. Y es innegable que las jerarquías institucionales se ablanden y el alumno forma parte de esta trasgresión. La anarquía es la ley que está rebasando a la Suprema de la República. Ahora parece que la escuela y los medios de condicionamiento electrónico y en menor medida los escritos tienen mucho que ver.

Ahora parece que la escuela se está adaptando al mundo mediático en lugar de hacer de ella un espacio de resistencia. Hasta los profesores discuten el Big Bhother y los famosos “videos” que asombran tanto a la opinión pública como cuando toman a alguien limpiándose el trasero o sacándose un “moco” (que es una acción común de las personas pero se vuelve escándalo cuando se evidencia quién fue).

De pronto los medios establecen qué temas debe discutir la sociedad. Ahora es la corrupción (de raterillos menores), antes el asesinato de Stanley, el beso de Martita con Vicente en el Atrio de San Pedro, la toma mafiosa del canal 40, etc., etc. El objeto es que los medios hacen que el País dé para eso y más.

Es cierto. Nuestra sociedad (aclaro a los extranjeros de este Seminario que me refiero a la mexicana) ha sido, amplia honda y generalmente corrupta. Cada quién a su nivel y si no, vean al “franelero” que nos cobra por usar “sus banquetas”, si no le pagamos la cuota nos metemos en líos. Su forma natural de financiamiento es la corrupción. Pero cuidado que hasta la corrupción está entrando en un proceso de descomposición; porque está dejando de ser un equilibrio de la injusticia. Cuidado, está dejando de funcionar. Y estamos volviendo a ser bestias. Si es que en nuestra historia ha sucedido, estamos dejando de usar la razón.

Tal parece que la tierra regresa ser plana con esta difusión despistada sobre la política. Si antes televisa se encargó de dividir a la sociedad en “americanistas” y “chivas” ahora la fragilidad de los subvalores sociales nos está llevando al retroceso y no precisamente de lo natural sino a la barbarie. Si así se ve soy fatalista.

¿Qué ha llevado a la descomposición?.

En y después de la Revolución Mexicana las dificultades se dirimieron a balazos (el último suspiro revolucionario dirimido a balazos entre las fracciones revolucionarias fue el henriquismo). Después nació el esquema de partido de estado para repartir a lo “civilizado” esas ganancias de la Revolución, se las repartieron equitativamente caciques, cabecillas, caudillos, etc. El PNR fue el mecanismo de ese reparto. Todos encuadrados y disciplinados después empezaron a “descobijar” entre ”la familia revolucionaria” y las disciplinas ya no resultaron tan efectivas como antes de 1988. El sistema de partido hegemónico-autoritario muestra una absoluta descomposición. Se trató de cubrir con la aparente “democracia” de apertura a la oposición y a la defensa de los derechos humanos. Muchos vieron como una bendición las reformas electorales y se llenaron la boca con la democracia difundida por los medios y hecha negocio por ellos mismos a través de las campañas electorales. El marketing, como hijo putativo de la democracia, fue el nuevo mecanismo de lucha por el poder. Hasta los asesinatos políticos se volvieron negocio para los medios. Desde entonces Jacobo y las grandes televisoras agendan los temas de conversación y de enseñanza distorsionada.

La televisión ha desplazado al más bello oficio del mundo; ser maestro. Ahora las generaciones están siendo despedazadas por los medios, que se encargan de distribuir el subconocimiento a los niños y atomizan a los individuos en general. El maestro es también un híbrido. Antes iba contra la ignorancia. Hoy tenemos maestros, muchos de ellos mediocres, su nivel está bajando igual que sus condiciones materiales. Esa democracia parece que con la escuela –de manera deliberada- no le ha servido a la escuela y a sus actores. Se ha banalizado al sistema educativo. La noble tarea de enseñar, el desarrollo del carácter, de la preparación para el trabajo, de la transmisión de valores, la han secuestrado los mass media. Y su crueldad contribuye a ampliar la brecha entre los individuos. En buena parte son los responsables de la desintegración social que estamos lamentando (algunos). Lo vemos en las desgracias del comportamiento principalmente juvenil.

También la enseñanza está dejando de encargarse del nivel de reflexión, de incrementar la pobreza del lenguaje con el “guey”, “padrísimo”, “buena onda”, etcétera, que han sustituido la estructura gramatical. Así como se descodifica el lenguaje se desestructura la RAZON (con mayúsculas). Se descompone la bóveda craneal –y si no vean a los microbuseros de la ciudad de México-. Nuestros niños, jóvenes y otros no tan jóvenes, están futbolizados, se apasionan por la “complicada” trama de la telenovela o por el escándalo televisivo que forma o mejor dicho condiciona su opinión.

Al ver la televisión creemos que estamos discutiendo la posdemocracia cuando ni siquiera hemos entendido –ni revisado- a los pensadores del siglo XVIII que dieron vida a la democracia moderna.

Hablamos de libertad de expresión cuando el ciudadano simple no tiene acceso a un micrófono y al contrario es censurado. Pensamos que lo sabemos todo a través de la “caja negra” (la televisión). Hoy la guerra se hace presente a través de ella o si lo deciden los medios la olvidamos. Los medios toman el lugar que legítimamente le corresponden a las instituciones de la educación. En ellos se dirimen los asuntos centrales del país: los “analistas” financieros dan diagnósticos de la situación económica, a través de la televisión conocemos a nuestros próximos gobernantes, dicen qué tan enfermo, tan moribundo, tan muerto y tan “dañero” fue el expresidente, se destituyen a funcionarios y representantes populares, y si no, pregúntenselo a Bejarano, Robles, Sosamontes y todo eso que nos tiene quietos en marzo de 2004.

No hagamos de la opinión mediática un asunto de conocimiento. No volvamos la opinión un ruido del ruido. Retomemos el papel de educadores. Saquemos al niño de esas entelequias, hay que ir a la disciplina, hay que interesar al estudiante... Hay que enseñar a comprender. Prolonguemos el razonamiento. Evitemos el retorno a la barbarie. Dejemos el rating y eduquemos a nuestra próxima generación.